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viernes, 1 de abril de 2016

BIOETICA - LA BIOÉTICA EN EL NUEVO CÓDIGO CIVIL Y COMERCIAL DE LA NACIÓN


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ETICA JUDICIAL - RELACIÓN DE LA ÉTICA JUDICIAL Y LA CORRUPCIÓN JUDICIAL


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ETICA JUDICIAL - UNA METÁFORA MARINA Y LA ÉTICA JUDICIAL (ACCIÓN O INACCIÓN JUDICIAL)


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ETICA JUDICIAL - EL SINDROME JUDICIALÍTICO - FORMAS DE EVITARLO


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ETICA JUDICIAL - REPUBLICANISMO JUDICIAL Y RESPONSABILIDAD SOCIAL JUDICIAL


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ETICA JUDICIAL - PROSPECTIVAS DE UNA ADMINISTRACION DE JUSTICIA MEJOR


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ETICA JUDICIAL - EL TRANSITO DEL AUTISMO AL REPUBLICANISMO JUDICIAL

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martes, 15 de diciembre de 2015

COLUMNA DE OPINIÓN PUBLICADA DIARIO LA VOZ DEL INTERIOR



OPINIÓN 

La ética judicial en la agenda pública

En un Estado normal, el Poder Judicial como institución es naturalmente silencioso, y sus actores –los jueces– son hombres con un notable compromiso público, por la responsabilidad que ejercen. 

Por Armando S. Andruet (h)*
El tiempo de cambio de gobierno no es en sí mismo una razón para que se produzca una modificación sustancial en las instituciones del Estado. Podrá ser una buena ocasión sólo cuando se advierta que las estructuras del Estado no funcionan como deben hacerlo. Esto es: con total normalidad y previsibilidad.
La realidad muestra que esto no ha sucedido en algunas de sus instituciones y con algunos de sus funcionarios, y es lo que autoriza a reflexionar de manera positiva y creativa sobre el tema.
En dicho mapa institucional, el Poder Judicial ha ocupado –por razones queridas o impuestas por las circunstancias– un amplio espacio en los medios de comunicación y no siempre por aquellas circunstancias que mostraban su fortaleza y entereza sino, por el contrario, por la capacidad manipuladora de los tribunales o por la escandalosa docilidad de los jueces para ser manipulados por otros poderes, sean ellos institucionales o fácticos.
En un Estado normal, el Poder Judicial como institución es naturalmente silencioso, y sus actores –los jueces– son hombres con un notable compromiso público por la responsabilidad que ejercen, además de la formación científica que se supone que tienen.
Sin embargo, no es suficiente. El imaginario colectivo de la sociedad requiere que los jueces –que son, en rigor de verdad, el rostro y la voz de la Justicia– tengan una predisposición diferente para mostrar ejemplaridad no sólo en la vida pública de su función jurisdiccional, sino también en la vida privada con trascendencia pública.
Muchas veces es en dicho ámbito biográfico y social donde se advierten las conductas impropias que cometen los jueces y que laceran la relación de confianza pública con los ciudadanos.
Nada se transforma en un instante. Los procesos implican tránsitos a veces lentos pero constantes, y por ello dichas circunstancias exigen señales claras y firmes.
Núcleo duro
La mayoría de las justicias provinciales y la Justicia federal y la nacional deberán asumir el desafío de colocar en sus respectivas agendas públicas la macrocuestión de la ética judicial como un núcleo duro de análisis y también de realización. Para ello, tendrán que seguir caminos que se han recorrido en muy pocas jurisdicciones de la República, como es, por caso, el Poder Judicial de Córdoba.
Sin bien ese solo aspecto no hará que la Justicia se convierta en una estructura inmaculada ni que sus integrantes sean todos funcionarios probos y decorosos siempre –sería una ficción afirmarlo–, sí permitirá colocar a la ética judicial en la agenda pública de los poderes judiciales. Lo cual significa comenzar a reflexionar sobre ella, posibilitar la ejecución operativa posterior y, por último, abrir el espacio para una ponderación acerca de su atención y cumplimiento desde una suerte deaccountability social vertical.
Sólo la Federación Argentina de la Magistratura (FAM), en 2013, incorporó en su agenda pública de trabajo a la ética judicial para el año siguiente y así nos consta que lo efectuó.
Luego se ocupó de ella, también, un consorcio de instituciones privadas del tercer sector vinculadas al estudio de las prácticas y del funcionamiento judicial, a saber: Asociación por los Derechos Civiles, Poder Ciudadano, Cippec, Unidos por la Justicia y fundación Directorio Legislativo, bajo un colectivo denominado Coalición para la Independencia Judicial.
Este consorcio elaboró un documento base, entre cuyos puntos se destaca el interés y la importancia de avanzar hacia la concreción de un Código de Ética Judicial.
Hacemos votos y sumamos nuestro esfuerzo y la experiencia del Poder Judicial de la provincia de Córdoba en esta materia. Luego de 11 años de vigencia de nuestro propio código, la lectura que se puede hacer de ciertos cambios en la Argentina nos coloca en la buena senda de profundizar en el camino emprendido, como también de exportar a otros poderes judiciales dichos progresos.
Tenemos por cierto que las estructuras públicas no experimentan mutaciones espontáneas, sino que a veces hay que forzarlas y ser constantes en tal gestión.
Sin embargo, es lo único que a la postre podrá asegurar un resultado diferenciador y con ello cumplir un tránsito que cualquier Poder Judicial debe computar entre sus logros. Esto es, no conformarse sólo con contar con jueces, sino aspirar a tener buenos jueces y de allí emplazarse a un óptimo pleno de sumar mejores jueces.
*Miembro de la Academia Nacional de Derecho y Ciencias Sociales de Córdoba, Academia de Ciencias Médicas de Córdoba
EDICIÓN IMPRESA
El texto original de este artículo fue publicado el 08/12/2015 en nuestra edición impresa. Ingrese a la edición digital para leerlo igual que en el papel.

domingo, 15 de noviembre de 2015

ACERCA DEL DEBATE PRESIDENCIAL EN ARGENTINA SCIOLI/MACRI

LO IMPORTANTE NO ES EL DEBATE…

Armando S. Andruet (h)[1]

En los días que corren, luego de la elección del 25-N, se ha vuelto a poner en agenda la posibilidad de que los candidatos a la presidencia de la República, establezcan un debate público y en el cual, darán razones de las cuestiones que operativa y políticamente tienen como un desiderátum poner en ejecución.

De tal acto, el debate, en realidad que ninguna cuestión negativa se puede indicar. Resulta dicho acontecer, una forma natural de profundizar las dinámicas de la democracia deliberativa como es, poder mostrar a la ciudadanía los aspirantes a la máxima magistratura, que son hombres de diálogo y que por dicha razón, están dispuestos a presentar y dejarse empapar por su contra-argumentante, de los otros proyectos, políticas públicas y ejecuciones que tienen en cartera con posibilidades para realizar tales programas ejecutivos. Al fin de cuentas, darán en tal ocasión los contendientes, la proyectiva de una futura administración acorde todo ello, a un modelo ideológico que no puede estar ausente en dichos niveles de conducción.

Nuestra perspectiva quiere apelar ahora, a una reflexión que trascienda la mera circunstancia exitosa que exista el debate; y se instala en que es tiempo el presente, en que la ciudadanía sea quien deba dar muestras de algún crecimiento cívico-electoral, y por ello, no quede encandilada con el mero ‘espectáculo político’ que la acción de un debate puede tener y donde, lo que se registra como ponderativo, son los aspectos que se asocian a cuál de los participantes tuvo mayor arte o pánico escénico, o quien hizo mejor utilización del tiempo estipulado, o quien se lleva el tributo de la mayor sagacidad para la impronta humorística o por el uso indebido de los infaltables argumentos ad hominen.

Todo ello, es la espectacularidad de una puesta en escena que los políticos naturalmente tienen que hacer, porque el objetivo al final de cuentas, es conquistar adhesiones: sea por la vía de la convicción o de la persuasión a su proyecto político.

Frente a ello, el defecto o la ingenuidad de la ciudadanía, es creer que el valor de un debate está afirmado en dichas coordenadas.

Por el contrario, el crédito de un debate de esta naturaleza –según creemos-, se debe instalar en la profunda responsabilidad que exista en quien debate, como es poder ser dicho argumentante luego, consecuente con lo que fuera dicho con lo que resulte hecho. Dejando a salvo, que antes de ese momento, debería existir igual correspondencia entre el pensar con el decir, para que luego éste, se continúe con el hacer. Ése y no otro, es el núcleo valorativo del debate.

De no colocarse por la ciudadanía –y así hacerlo saber- de la existencia de una tal cláusula tácita de ‘responsabilidad moral’ entre quienes debaten, y que en la ocasión de la contienda verbal la están asumiendo en modo público todo lo otro es fútil y efímero. Es tiempo de recobrar el ‘valor de la palabra dicha’, y que ella en boca de los presidenciables, generan un compromiso ético en lo realizativo del futuro gobierno.

Sin ello debidamente entendido, más que un debate entre potenciales Presidentes de la República, el episodio será una buena puesta en escena de una presentación que podrá ser dramática, trágica o de comedia; pero no un debate político entre tales máximos líderes, que al final, sólo se precian de ser republicanos, pero no son auténticamente ello.

Lo importante de un debate, es que quienes participan del juego dialéctico de los argumentos y razones, sepan que además de lo escénico y que en modo alguno debe ser tampoco devaluado; los participantes asumen la no menor responsabilidad de ser ‘profundamente honestos’, y que se comportan como hombres o mujeres que no ejercitan la ‘mentira’ como una práctica manipulativa corriente del electorado. La ética de la práctica política, es también tiempo que integre la agenda innegociable de los políticos y que también los ciudadanos, se encarguen de recordárselo a ellos, cuantas veces corresponda.

Los griegos, que dieron por algunos siglos un excelente modelo de democracia, requerían a quienes las cumplían, que sus prácticas discursivas se hicieran con una natural correspondencia desde la responsabilidad de la parresía; esto es, ejercitando el argumentante el signo de gozar de la autoridad de tener la palabra honesta y por ello, poder decirla con la suficiente honorabilidad y no como una acción estafatoria moral a los ciudadanos.

Cuando al debate le continúa la consecuencia de que, el espectáculo político discursivo es seguido con la realización razonable de aquello que fuera expuesto; se comenzarán a encontrar razones profundas y totalmente valederas para insistir, que los debates son entonces, en los tiempos en que vivimos de sociedades globales y mediatizadas, como una suerte de declaración pública y a la vez, de un compromiso personal de ser sus interlocutores, personas veraces y no mendaces acerca de lo que debaten y de poder dar testimonio, que lo dicho en el debate se continuará en la realización de la acción.

Nuestro tiempo democrático, requiere de saltos cualitativos notables y ello no puede esperar mucho más, es muy importante para los debates y para la práctica política en general, que los hombres que tienen responsabilidades públicas sepan claramente, que en política –como en general en todos los escenarios- la mentira es una actitud de canallas y que es bajo la regla del juego limpio y de la veracidad con la cual hay que participar en dicha contienda de pensamiento y discursividad argumentativa.

Por ello, si acaso el participante de la confrontación dialéctica, no esta dispuesto a ser hombre de decir verdad y hacer todo lo posible para llevar adelante dichas definiciones si le tocara gobernar, pues no tiene sentido ningún debate; porque lo importante de un debate –para que no sea sólo escenográfico- es tener claro, que la primera regla es ‘no mentir’, porque sólo  luego de ello: siendo veraz y honesto, es que podrá entonar de la manera que prefiera y con las articulaciones que más desee, aquello que sea el eje discursivo y escenográfico del debate.

Lo importante del debate no es la puesta en escena, sino la responsabilidad que habrá de cargar quien haya dicho algo, por la verdad de ello.



[1] Académico de Número. armandoandruet@gmail.com